Eliane elias nude

Posted by / 08-Oct-2017 00:58

Finas puntas asomaban relucientes en la extremidad de algunas ramas; en otras ramazones, más expuestas al sol, probablemente, ya se apreciaba un cierto tinte sonrosado en los brotes aún más hechos. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad.

Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura.

La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse.

Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho.

El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al Malacara inmóvil ante el bananal prohibido. Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos.

Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas. Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tajamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja; el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y se reían y carcajeaban; y, al reír, entreabríanse más y más, y más aún, y eran cada vez más numerosos brotando y extendiéndose en las ramas de la ceiba, que toda entera reverdecía y se engalanaba como para una gran celebración inminente... ¡Ponme en el fondo de tu nido, como colchón; o ponme arriba, como techumbre, o ponme delante, como puerta, y no se mojarán tus pichones, ni tú mismo, cuando llueva, ni se enfriarán cuando haga frío.

Sólo aquella hoja quedaba allá en lo alto, en las desnudas ramas, y ni se desprendía, ni se aflojaba. -, y no pudo esperar, pues, ni un segundo siquiera, para contestar a cierto "¡Pío!

¡Y ése es su bananal; y ése es su Malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre!

Sólo que tras el antebrazo e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete; pero el resto no se veía. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol.

Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió, fría, matemática e inexorablemente, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Es la calma de mediodía; pronto deben ser las doce.

Llegó el fin de febrero; más aún, ya marzo iba mediando, y la hoja que aún no había caído empezó a sentirse mal, a recordar el tiempo de antes... Andando el año, vinieron también la madurez, la plenitud, y muy pronto vino el tiempo en que iba a ser, en vez de una hoja que crecía y que maduraba, una que estaba en trance de encogerse y de tornarse amarillenta. El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino.

Primero, tierno brote verde pálido entre millares de otros brotes verde pálido, allá a comienzos de aquel lejano año anterior... Y no paró ahí la extraña cosa, sino que de amarillenta había pasado a ser algo grisácea; y dejando también de ser grisácea, pasó a tener color tabaco; y sus tejidos se alteraban, perdiendo la elástica tersura, volviéndose rugosos, y en vez de susurrar tan blandamente, como antes, bajo el viento o bajo el agua, ahora se ponía a crujir, como si fuera a resquebrajarse y a partirse. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel; en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulsos de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica.

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Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste.